Franco y Salazar, convergencias autoritarias

Juan Carlos Jiménez Redondo estudia en su nuevo libro cómo las dos dictaduras se afianzaron mutuamente.

JORGE DEL PALACIO – 5 junio 2019 

El final de la Primera Guerra Mundial trajo a Europa un tiempo de radicalismo político, fuente de estallidos revolucionarios y respuestas autoritarias, que encontró en el comunismo ruso y el fascismo italiano sus modelos inspiradores. Un tiempo de inestabilidad política cuya onda expansiva provocó el desbordamiento de los regímenes liberales decimonónicos a favor de una cultura política de exclusión y destrucción del adversario. Un tiempo turbulento de posguerra, en definitiva, que puso al continente rumbo a la Segunda Guerra Mundial.

En la Península Ibérica, en España y Portugal, la reacción autoritaria a la quiebra del liberalismo encontró su ejemplo más acabado en las dictaduras de Francisco Franco (1892-1975) y Antonio Oliveira Salazar (1889-1970). Este es el mundo político al que nos acerca Franco y Salazar. La respuesta dictatorial a los desafíos de un mundo en cambio, 1936-1968 (Silex), el último libro de Juan Carlos Jiménez Redondo, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad CEU-San Pablo de Madrid. Un libro con el que pone cima a toda una carrera investigadora dedicada a España y Portugal, en el que la relación entre Franco y Salazar ocupa un lugar privilegiado. Ambos, partiendo de contextos políticos radicalmente distintos, dieron forma a regímenes autoritarios, represivos, antiliberales y antiparlamentarios. Dos dictaduras marcadas por un catolicismo militante que entendía el comunismo irradiado desde Moscú no solo, aunque también, como un rival ideológico al que combatir o un adversario político al que disputar el control del Estado, sino como algo mucho más peligroso: como un enemigo existencial que amenazaba toda una forma tradicional de entender la civilización occidental, sus valores y su misión en el mundo.

Las dictaduras de Franco y Salazar destacaron por su prolongada vigencia en el tiempo. Esta probada capacidad de supervivencia y adaptación descansaba, en buena medida, en la relación de interdependencia que ambos regímenes fueron articulando hasta superar la histórica relación de enemistad entre España y Portugal. Este dato resulta relevante porque si las relaciones entre Estados vecinos suelen ser siempre conflictivas, el caso peninsular no fue una excepción. No en vano, “el iberismo siempre ha sido el elemento definitorio, estructural, de las relaciones entre España y Portugal”, afirma el profesor Jiménez Redondo, “porque en el imaginario político español, la visión geopolítica ha llevado a considerar la unidad de la península en su totalidad”, mientras que, como reacción, “Portugal siempre ha hecho del peligro español el ingrediente esencial de su identidad nacional“.

El iberismo, tal y como recoge el libro, es un concepto complejo y está lejos de ofrecer un sentido unívoco. Aunque casi todas las defensas del iberismo incidían, de una manera u otra, en defender la unión peninsular como el camino de España y Portugal hacia la materialización de la idea de progreso: la modernidad. Sin embargo, esta multiplicidad de significados dio forma a iberismos de muy distinta naturaleza. En un extremo el de raíz fascista, que consideraba la anexión de Portugal como destino de España en cuanto imperio. En el opuesto, un iberismo de inspiración republicana que veía en la unión de España y Portugal el instrumento para la democratización de la península y la superación de la monarquía. Por eso, afirma Jiménez Redondo, el iberismo, en función de la interpretación, “permitía tanto una afirmación de España como nación unitaria y viva, es decir, como potencia capaz de absorber otros territorios, como su contrario, es decir, como proyecto que ponía en marcha un proceso de disgregación nacional”.

Una de las tesis principales del libro, por tanto, es que las dictaduras de Franco y Salazar cambian la historia de las relaciones peninsulares. Dicho de otro modo, con la dictadura de Salazar, España abandona su condición de enemigo histórico de Portugal para convertirse en aliado preferente. Una alianza que parte del principio de la independencia política de Portugal para construir una solidaridad autoritaria de carácter positivo. Positivo en el sentido de alianza dotada de un contenido político e ideológico real y diferenciado. Una alianza que encuentra su primera expresión en el Tratado de Amistad y No Agresión del 17 de marzo de 1939 y que culmina con la proclamación del Bloque Ibérico en Lisboa en 1942. Proclamación que facilita sobremanera la salida del Gobierno de Serrano Suñer, cuya permanencia al frente de la diplomacia española en plena Segunda Guerra Mundial “deterioró gravemente las relaciones con Portugal, hasta el extremo de su práctica paralización”. Efectivamente, el libro no soslaya que los dirigentes franquistas diseñaron en 1940 un plan para la invasión de Portugal. Sin embargo, matiza el profesor Jiménez Redondo, el plan siempre estuvo supeditado a la lógica de la guerra, es decir, a una hipotética entrada de Gran Bretaña en suelo peninsular.

En términos ideológicos, la proclamación del Bloque Ibérico en 1942 hacía realidad un cambio de fondo en el nacionalismo portugués de corte conservador, que pasaba desde su posición original anti española, hasta un discurso hispanófilo que hacía compatible la afirmación nacional portuguesa con la alianza peninsular. Ahora bien, siempre que ésta fuese concebida como espacio solidario de raíz católica y anti liberal. Por eso la alianza entre Portugal y España se justificó con una retórica que hacía de la península la reserva espiritual de Occidente frente a la fuerte crisis moral y de valores que asolaba a Europa. Y que, efectivamente, en el mundo de la posguerra iba a encontrar un marco de inserción natural en la lógica anticomunista de la Guerra fría. Pues el comunismo, después de todo, seguía siendo el gran enemigo de la civilización cristiana en el imaginario político de ambas dictaduras.

Sin embargo, la base del Bloque Ibérico no solo respondía a una comunión espiritual e ideológica. La aceptación por parte de España y Portugal de la dualidad política de la península y la irreversibilidad de las fronteras también era percibida por Franco y Salazar como una estrategia de realpolitik para garantizar la supervivencia del autoritarismo peninsular. En buena medida porque la experiencia de la II República española fue percibida por el salazarismo como una amenaza para la estabilidad del Estado Novo. De modo que la conflictividad política y el peligro revolucionario que el salazarismo asociaba a la democracia decantó la decidida apuesta por Franco en la Guerra Civil, convirtiendo a Portugal en retaguardia de apoyo logístico indispensable para el éxito de la sublevación.

De hecho, el mismo diagnóstico que ligaba la supervivencia del autoritarismo en la península a la permanencia de los dos regímenes funcionó a pleno rendimiento cuando el final de la Segunda Guerra Mundial suscitó la “cuestión española” y la condena internacional del régimen de Franco. “Para el franquismo”, afirma Jiménez Redondo, “el Portugal de Salazar fue mucho más que un simple asidero internacional con el que disimular el rechazo internacional que el régimen despertaba. Era la pieza clave para afrontarlo”. Por eso la diplomacia española ligó la suerte del régimen de Salazar a la supervivencia del franquismo. Como recogía una carta de 1945 del Ministro de Asuntos Exteriores, Martín-Artajo, al Embajador de España en Río de Janeiro, “los tiros que se dirijan contra España, apuntarían luego a Portugal, si a nosotros consiguieran darnos en la frente”.

El libro sentencia, por tanto, que las dictaduras de Franco y Salazar fueron esenciales para poner fin al contencioso iberista, al “peligro español”, que había condicionado de forma estructural las relaciones entre España y Portugal. Pero también desliza otra tesis de fondo que responde al subtítulo del libro. Y es que en el esfuerzo conjunto de adaptarse a un mundo en constante cambio, la dictadura de Salazar mostró estar menos preparada. Mientras que el franquismo supo aprovechar la Guerra Fría para armonizar su creencia en el autoritarismo con el desarrollismo económico de posguerra, el salazarismo, con la excepción de la etapa final con Marcelo Caetano (1968-1974), no fue capaz imprimir un contenido positivo a la modernidad. Factor que decantó el final agónico del régimen, incluidas las guerras coloniales.

La paradoja, señala Jiménez Redondo, es que Salazar ha ganado fama de dictador intelectual, dúctil y orientado a la gestión por su condición de catedrático de Economía. Sin embargo, la realidad muestra que fue un dictador dogmático, no solo por su evidente adhesión a los valores genéricos de la dictadura, sino por permanecer fiel “a una visión tradicional del mundo donde la Inglaterra victoriana aún dominaba las relaciones internacionales”. Una visión de un mundo que había pasado a la historia y que le impidió adaptarse plenamente a una realidad que cambiaba a velocidad de vértigo.

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