La traducción como reescritura La ventanilla Guadalupe Gerónimo Salaya

Nos dedicamos a leer ideas, emociones y vivencias pensadas en otras lenguas, sin reparar en el traductor y en su papel de intermediario.

POR GUADALUPE GERÓNIMO SALAYA 31 MAR. 2019

Por un tiempo me pareció que Esther Seligson había arribado a mi vida el día que decidí entrar a una librería de viejo en Puebla.

La encontré en una antología de cuentos mexicanos editada por la Secretaría de Educación de ese estado. El azar del hallazgo se me antojó muy en sintonía con el interés de Seligson por el tarot, la astrología y demás revelaciones que permiten un coexistir más tranquilo, sin todo el peso de la posteridad a cuestas, y cediendo el control a la oscilación de los astros o a los inciertos turnos en que saldrán unas cartas.

“Alguien con mucho amor debió hacer la compilación”, me dijo él que luego se convirtió en una incómoda alusión cuando me regresa la nostalgia por el libro que nunca devolvió. Anticipándome a esta pérdida, que el esoterismo no ayudó a prevenir, me había iniciado con la Seligson cuentista –apenas una de las versiones de esta escritora judeo-mexicana–. En aquel entonces creí que las circunstancias de mi lectura eran nuevas.

Aunque no sabía que la había leído en las ideas de alguien más, mi relación con su narrativa resultó de cierta forma reciente. De ahí que mi placer por el cuento –del que hasta hoy desconozco el título–, encontró símil en una crónica de viaje que tuvo lugar en Jerusalén. Para mí la Seligson cuentista importaba poco junto a la Seligson cronista.

Durante un año, aquella crónica fraguó entre multitud de papeles, de manera que Puebla representó el primer acercamiento a Esther. Una profesora me regaló unas revistas de principios de los dos miles. En las ediciones que guardé estaba la crónica y un ensayo junto a unas cartas.

Las transcripciones de la correspondencia incluían tres fotografías del pensador E.M. Cioran y tres de Seligson.

Por entonces, las devastaciones de mi adolescencia habían dejado los desconsoladores y a la vez reconfortantes aforismos del filósofo rumano. La razón detrás de la publicación de las fotografías, sin embargo, me intrigaba. “¿Cuándo se conoce realmente a un escritor?”, leí para entender en el acto que Seligson había escrito el ensayo remontándose a la relación ambivalente que mantuvo con E.M. Cioran hasta su muerte: amiga, traductora y lectora.

Estaba equivocada. Esther había llegado a mí con más anticipación que las viejas revistas que me regalaron. Nunca me fije que en mi ejemplar de Del inconveniente de haber nacido, de E.M. Cioran, podía leerse “Traducido por Esther Seligson”. Los trabajos de traducción al español corrieron a cargo de la judeo-mexicana, desde 1966 hasta lo que ella describe como un episodio de traición a sus traducciones.

Error mío, como el de todos los que en un tiempo vacuo nos dedicamos a leer ideas, emociones y vivencias pensadas en otras lenguas, sin reparar en el traductor y en su papel de intermediario. La traducción de Cioran a mi idioma es, también, la reescritura de Esther Seligson.

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